Los chalacos sabemos lo que es vivir con miedo. Lo vivimos en las calles, en el transporte, y en el negocio. Pero hay un miedo distinto que podría circular pronto en el barrio, el mercado, y la familia. El miedo a perder la libertad de decir lo que uno piensa.
No es exageración. En Venezuela, en Cuba, y en Nicaragua, decir lo que piensas en voz alta tiene consecuencias reales. Periodistas presos, ciudadanos detenidos por publicar algo en redes sociales, y familias que aprenden a callarse porque hablar cuesta demasiado.
El Callao siempre ha tenido una voz, que dice las cosas de frente, y que no le tiene miedo a la confrontación. Por eso entiende mejor que nadie lo que significaría perder esa libertad.
Un gobierno que persigue a quien piensa diferente no llega anunciándolo. Llega con discursos de igualdad, de justicia social, y de cambio. Y cuando ya está instalado, cuando ya controla la justicia y los medios, ahí es cuando el ciudadano común descubre que lo que dijo en la esquina o publicó en su celular tiene un precio.
El Callao no puede permitirse ese lujo. Defender la libertad de expresión no es política, es supervivencia.

